lunes, 17 de diciembre de 2018
Entrelazada al mar
El primer frío que sentí fue indescriptible, mi pie derecho entró al agua imitando el paso de una bailarina clasica y salió al instante, como un acto reflejo. El primer frescor fue superado y ya me animé a sepultar todo el pie sobre la arena, esperando que sea cubierto por una nueva marea de agua salada.
Tanto concentrarme en lo pequeño de mi existencia y de mis dramas, hizo que perdiera de foco el lugar donde estaba.
Levantar la cabeza hacia el horizonte me hizo sentir un grano más de arena lo cuál, debo reconocer, me dio un poco de miedo. De ese tipo de miedo que no se parece a un susto, es menos intenso pero dura un poco más. Te deja colgada, mirando pero sin ver, preguntándote absolutamente todo.
A mis 73 años no recuerdo sensaciones similares, nunca tuve mucho tiempo para pensar en mi como parte de algo más grande y reconocerme nada indispensable para que todo funcione.
Mi piel ya se hizo compañera del mar y empieza a gustarme el ida y vuelta de sus olas y las cosquillas cuando se acerca a los primeros dedos. Quiero remarcar esto último, las cosquillas me llegan antes que el agua helada me abrace. Es una especie de adrenalina y hormigueo en la panza, bah que se yo... me detengo en tonterías.
Besando el horizonte lo veo a Mateo, ganándole a la tempestad, saltando, riendo, escupiendo un poco de océano. Ay si tan sólo hubiera conocido esta parte del mundo a su edad, quizás me daba cuenta de mil secretos de la vida antes de llegar a vieja; pero a su vez lo veo a él, tan distraído, sin tener noción de donde está, abrazado a algo que ya conoce y naturaliza, creo que la respuesta es que no tiene mi edad. Tal vez si a los 13 conocía la playa y su infinitud, todo seguía igual...lo hubiera contemplado con los ojos de una niña.
Pero acá estoy, desgastando mi vida con cada ida y vuelta del oleaje, desojando los últimos segundos que me debe la vida e interpretando muy tarde el presente.
Cuando el reloj se detenga para mi, pero no para los demás, espero ser una parte importante de este paraíso: un recuerdo de vez en cuando, que dibuje risas y sonrisas, un poco de aire que sana, otro poco de consejos a seguir y, por último, esa adrenalina y hormigueo que te dice que estas en el lugar correcto.
miércoles, 6 de junio de 2018
Por qué duele tanto, un dolor tan parecido al vacío, a la tristeza a cuenta, pero tan distinto a dolores pasados. Puede que sea por lo evitable, porque no había necesidad de que el bolsillo delantero de tu camisa estuviera siempre lleno, y que palparas para rescatar un pucho, el vigésimo del día a las 4 de la tarde, y que lo fumaras en 2x4, lento pero no tanto , tranquilo pero sin deterte. O tal vez el motivo sea el paso del tiempo, porque todos sabíamos que íbamos a entrar en tiempo de descuento, tarde o temprano, y que mi espejo y el tuyo nos dicen lo mismo. Porque no es de egoísta, pero yo también veo el paso del tiempo en tu vejez, el paso de mi tiempo.
O quizás el dolor sea por lo innovador, porque por más que fuerce mi memoria, no logró recordar si alguna vez anterior a este momento habías pedido ayuda, sin contar cuando de chico me pedías que te tuviera la escalera de madera, que te rascara lugares inalcanzables de la espalda o cuando me pedías que juegue simple ("toca y anda a buscar") Es decir, lo más cercano a pedir que estuviste era más por mi que por vos.
Y pienso que tal vez todo esto te haya vuelto más humano aún, te animas a pedir y recibir, que te pregunten, que te acompañen. Exactamente el mismo lugar que siempre ocupaste vos.
Nunca entendí cómo hiciste para que no se te escapara tanto dolor por debajo de tu camisa mal abrochada. Tal vez por eso elegís combinarla con un joggin desgastado, para ir más cómodo con tus penas.
Cuerpo encorvado, pero nunca con cabeza gacha. Bigote ancho para disimular tanta risa. Risa que no mezquinaste ni cuando lo obvio hubiera sido el silencio, lo normal hubiera sido sentarse en la vereda y gritar al cielo o encoger el cuerpo en busca de unos brazos.
Las mismas calles
Te acordás de esos pasillos angostos, como laberintos de hormigas? De barro con la lluvia y charcos de bolsa en las zapatillas?
Hoy son calles de asfalto
Te acordás de aquellos obreros ferroviarios, Habitantes fugaces que una vez jubilados tuvieron que dejar los chalets?
Hoy sus bisnietos crecen en las veredas de las casas que ya son suyas para siempre
Recordas esos torneos de fútbol en la Canchita?
En ese espacio que era desierto hoy hay hogares
También se mantienen algunas cosas: el carnaval en verano, el día del niño en agosto, vecinos en las veredas compartiendo un mate, los juegos de los más chicos que hacen de la calle su parque de diversiones. La memoria colectiva que se niega a olvidar a los muller, los garibotti y los Carranza y al viejo Adolfo.
Un barrio que se transforma pero es el mismo que hace más de 40 años desea un jardín maternal: barrio obrero.
Hoy son calles de asfalto
Te acordás de aquellos obreros ferroviarios, Habitantes fugaces que una vez jubilados tuvieron que dejar los chalets?
Hoy sus bisnietos crecen en las veredas de las casas que ya son suyas para siempre
Recordas esos torneos de fútbol en la Canchita?
En ese espacio que era desierto hoy hay hogares
También se mantienen algunas cosas: el carnaval en verano, el día del niño en agosto, vecinos en las veredas compartiendo un mate, los juegos de los más chicos que hacen de la calle su parque de diversiones. La memoria colectiva que se niega a olvidar a los muller, los garibotti y los Carranza y al viejo Adolfo.
Un barrio que se transforma pero es el mismo que hace más de 40 años desea un jardín maternal: barrio obrero.
lunes, 4 de junio de 2018
Una historia real, aunque lo lamente.
•*.
El sábado entrecierra los ojos,
Va cayendo el sol
Solo sobreviven enojos
Viejas broncas, queda el rencor
El horizonte conserva su rojo
(y corre sangre por las venas del ocaso...)
El destino se maneja a su antojo
Maldita tarde que pega un volantazo.
La noche oscurece las miradas
La droga late cual bomba en el corazón
y aunque no explote, se rie a carcajadas
Ya mil fantasmas les gobiernan la razon
Un par de gritos anuncian la pelea
Como fue siempre, se amontonan para ver
Las ventanas se convierten en plateas
Guachos de mierda, jensédejoder
La adrelanila le gana al miedo
Se reprimen las ganas de correr
Se camuflan en las pilchas los fierros
Se maquillan las nubes, comienza a llover.
La pelea parece terminada
Pero un balazo al aire da pie
A una tormenta de agua y balas
Y a esa niña los truenos no le caen bien
Tapa sus oídos y se agacha.
Cierra sus ojos (quizás así no la pueden ver)
Por siempre niña, ya no más muchacha
Suave Brisa, dejando de correr
Un silbido se cuela por la ventana aun abierta
Maleducada señora que no golpea la puerta
La niña tiembla, murmura que el dolor no es tan fuerte
Pero gotas color ocaso riegan su frente
¿Cómo se tira a la marchanta una vida?
Moneda en el aire que decide su suerte
¿Quién elije encontrar una bala perdida?
Sea cara o sea seca, finalmente será muerte
viernes, 13 de abril de 2018
Esta es una historia real, contada en primera persona, y que viene al caso en un contexto en el cual la sociedad busca un chivo expiatorio. Quizas les lleve cinco minutos leerla. La historia empieza hace 6 o 7 años, tal vez 10 y termina, casi sin darme cuenta, hace dos o tres años. El protagonista era Ramiro, un adolescente más, casaca de River, de vez en cuando alguna gorrita, por supuesto que negro y no más de 13 años. A Ramiro, es decir a mi, una vez, saliendo de jugar baby fútbol, lo para la policía y le pide su dni. En ese momento lo único que sabía era que el dni era aquello que mi vieja sacaba de algún cajón cuando me acompañaba al medico o eso que una vez por año tenía que presentar para que me ficharan en el club. Por primera vez me sentí peligroso. Y los demas, creo, se sintieron más seguros. La misma situación se dio muchas veces mas, pero ya lo había asumido como natural. Entonces a mis 13 o 14 años ya le saqué el polvo al documento y lo llevaba siempre conmigo, para demostrar que no era mal pibe, que mi apariencia de pibe chorro era sólo eso, una apariencia, un estereotipo construido por alguien y reproducido por todos.
El tiempo fue pasando, muchos se cruzaron de vereda, algún otro me acusó con el dedo por solo esperar a alguien en una esquina. Aprendí a convivir con eso y hasta terminé siendo yo el que se cruzaba de calle para no atemorizar a nadie.
Ya rozando los veinte, sin que me diera cuenta, la cosa cambió. Ya no me paraba la policía en la calle, y volviendo de la facultad o el trabajo la gente me veía más como un par que como un enemigo.
Hoy, ya con 23, me di cuenta que el problema no era que soy un negro, de barrio, que siempre le gustó tener la última camiseta del millo, sino que el problema era mi niñez y mi adolescencia. Es decir, no la adolescencia por sí sola. Sino en conjunto con las otras características. El enemigo que construyeron es ese, de barrio y adolescente. Negro y que viste deportivo. Yo en la calle no me sentía seguro pero agachaba la cabeza cuando me paraban para que los demás si lo sintieran (nunca fui egoísta).
Seguramente yo pude haber sido un pibito chorro, como tantos otros, pero mis viejos me dieron sueños y siempre recibí amor. Denle amor a la gente y sueños a los pibes y no van a hacer falta cárceles, por lo menos para los pobres (porque los ricos nunca van presos)
Hoy me asesinaron
¿Cómo? Si ayer le pedí a mi mamá que me contara un cuento hasta dormirme, en el cual el protagonista era un héroe inventado, llamado como yo.
¿Cómo? Si ayer use mi primer guardapolvo blanco y fui al colegio con una raya al medio perfecta.
¿Cómo? Si hace horas le pedí a mi hermano mayor que me defendiera porque unos chicos me cargaban.
¿Cómo? Si el otro día hice un gol jugando al baby fútbol y se lo dediqué a mi abuela, que está viejita y quizás no viva cuando yo llegue a primera.
¿Cómo? Si en los videojuegos, cuando la bala te pega, esperas un rato y volves a jugar.
¿Cómo? Si horas atrás me caí de la bici por probar sin rueditas.
¿Cómo? Si hasta hace unos 15 minutos le daba la mano a mi viejo para cruzar la calle.
Diganme cómo, si ayer a la noche lloré cuando me mandaron a bañar y no pude terminar ese fútbol tenis en la calle, cuando estábamos empatados.
Diganme cuándo, cómo, por qué, me condenaron a la oscuridad de una bala helada, sin segundas oportunidades de videojuegos?
¿Cuándo eligieron que sea niño para siempre? Con esos 11 años que no corren más en el calendario, 11 años que no avanzan más casilleros.
¿Cómo? Si ayer use mi primer guardapolvo blanco y fui al colegio con una raya al medio perfecta.
¿Cómo? Si hace horas le pedí a mi hermano mayor que me defendiera porque unos chicos me cargaban.
¿Cómo? Si el otro día hice un gol jugando al baby fútbol y se lo dediqué a mi abuela, que está viejita y quizás no viva cuando yo llegue a primera.
¿Cómo? Si en los videojuegos, cuando la bala te pega, esperas un rato y volves a jugar.
¿Cómo? Si horas atrás me caí de la bici por probar sin rueditas.
¿Cómo? Si hasta hace unos 15 minutos le daba la mano a mi viejo para cruzar la calle.
Diganme cómo, si ayer a la noche lloré cuando me mandaron a bañar y no pude terminar ese fútbol tenis en la calle, cuando estábamos empatados.
Diganme cuándo, cómo, por qué, me condenaron a la oscuridad de una bala helada, sin segundas oportunidades de videojuegos?
¿Cuándo eligieron que sea niño para siempre? Con esos 11 años que no corren más en el calendario, 11 años que no avanzan más casilleros.
martes, 13 de marzo de 2018
domingo, 21 de enero de 2018
Vista aérea
La mente se detiene en la interseccion con el sueño, ahi es cuando vuela el alma y mira desde el cielo. Solo ve corazones frios, cabezas cerradas, relojes al cuello. Miradas vacias, vidas albinas y temblores de miedo. Nunca antes lo habia visto, piensa. Cómo me veran otras almas, pregunta. Ojala sea con reloj que no ahogue, con un corazon caliente, con colores en mi vida y miedo solo a la soledad.
viernes, 12 de enero de 2018
La noche comenzaba a posarse sobre el pavimento, adueñandose de su calor, helandole la piel. En laberintos que no se asumen como tal vagan cientos de viajeros, en huevos de metal. No encuentran la salida, aunque parezca que no hay encierro. Correa larga para satisfacer pequeñas libertades, de comida recalentada a medianoche, algun plan entre semana y un libro que nos abre los ojos hasta que decidimos cerrarlo. Si uno es tiempo libre, ¿el otro qué es?. Volamos solo en los sueños, se nos escapa el alma y sale a jugar, hasta que un grito la manda adentro y recuerda que también es cuerpo y sangre, Y que tiene sus limitaciones y como es cuerpo el paso del tiempo la castiga. Vierten sobre ti contradicciones, pagas con tiempo de tu vida por el dinero que te promete confort.
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