lunes, 16 de diciembre de 2019

Justo antes de extrañarte

Antes de extrañarte, me invadió un sentimiento distinto, pariente del amor que te profeso, y es la necesidad de que sonrías espontáneamente cada vez más; que sientas la liviandad de una cabeza que vive sin estar ocupada la mayor parte del tiempo, hasta cuando cierra los ojos y empieza a laburar el inconsciente; la facilidad de prender un pucho y entablar conversaciones sin sentido, charlas superficiales y no esta pesadez de tener que hablar en serio la mayor parte del tiempo, para desovillar ese montón de hilo.
Cuando me refiero a esas sonrisas espontaneas te ofrezco una prueba, para que la hagas cuando tengas tiempo, y es que revises las ultimas fotos que te mandaron en las que salís de fondo, con algo de gente alrededor pero sin que seas el objetivo principal de ese lente. ¿Listo? ¿Te ves? Estas ahí al fondo, hablando con alguien o simplemente escuchando una conversación que te excluye pero igual le prestas atención, y reías. Reías porque si y esa risa era hermosa, porque se te iluminaban los ojos y todo a su alrededor. Las fotos inmortalizan momentos, instantes ¿Podes creer que cada segundo es un instante distinto que se pierde de ser fotografiado? Ojala tuviera la foto de esas carcajadas en la cama, la de tu cara cuando viste esa familia de carpinchos o esa en la búsqueda de que alguno de ellos se sumerja en el río o aquella cara cuando te pones nerviosa y mordes tu lengua o cuando te subiste a una bici una noche y agarrabas velocidad con ella!
Estos días, que no fueron tantos (perdón… que no son tantos) y que no sé cuántos serán, me mantuvieron atento y a su vez manteniendo cierta distancia. Por ejemplo, volviendo al tema de la bici, que justamente lo tengo a mano ¿Viste cuando un adulto enseña a andar en bici a un nene? Sin rueditas, obvio. Lo agarra, le da el primer envión pero lo suelta, que tambalee un poco, se mantiene a pocos metros pero intentando que pueda solo, viendo como tambalea  después de cada pedaleada, y si el niño está a punto de caerse, el adulto lo ataja, no permitiría una rodilla raspada.
Me siento así, ojala aprendas, ojala puedas manejarte sola, ojalas llegues lejos… pero yo quiero estar ahí, cerca, para que no te golpees mientras aprendes. Cuando sienta la seguridad que a la segunda pedaleada le siguió una tercera y una cuarta, ahí me doy media vuelta y dejo que elijas la dirección a seguir.
Antes de extrañarte, me invadió un sentimiento distinto y es la necesidad de que sonrías espontáneamente cada vez más, decía
Pero hoy más desde la ilusión que desde la certeza, te siento bien, un poco mejor parada, y por eso es que, por primera vez, me permito el sentimiento de extrañarte. Hoy, sí, por primera vez en estos pocos días, te extrañé con una fuerza me hizo temblar un poco, y sonreír y también humedecer los ojos. Pero si reí, entre una cosa y otra, es porque todo esto valió la pena.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Cuál es la palabra mágica que destrabe el nudo que tengo en la garganta ?
Qué carajo tengo que gritar para largar estas lágrimas que ya no se como contener?

No se como pero necesito un gesto.
Necesito desbloquearme, arrancar para algún lado. Dejar de pensar en nada y entregarme por fin al río.

Necesito ese cachetazo despertador
Ese faso que te hace reír ¿hace cuánto no me río acompañando la mueca con la mirada?

Estoy detonado y con eso quiero decir que mis cimientos volaron a la mierda, estoy juntando los pedacitos de a uno, algunos no los encuentro, pero voy a poder !

martes, 19 de noviembre de 2019

Lo peor de nuestra piel

Lo peor de nuestra piel es que no nos deja huir
Sí, lo peor. Hoy me tiré a la sombra y me abrazó una brisa típica de verano, mire el cielo y la copa de los árboles tambaleaban: todo era perfecto.
Pero entre ese placer que se transmitía por mis sentidos se veía obstaculizado por una cabeza aturdida, llena de información y de cosas irresueltas. No pude ni supe disfrutar lo que mi cuerpo sentía por ese malestar con mi mente. Hoy renegué de esa fusión cuerpo/mente de la que muchas veces me sentí orgulloso

¿Por qué mierda no se va por ahi y me deja disfrutar de esta birra helada ?

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Soledad y caminos

  Está anocheciendo, fue un día igual a los demás, pero la noche lo aguarda misteriosa. Por ahora, el cielo se empaña rojizo y él lo contemplaba preciso pero distante, atento pero pensativo, inmutable pero ansioso. A sus pies yace un río que supo tener temporadas peores, que apenas traían agua y unas cuantas ramas muertas, de las últimas crecidas. Al viento o brisa no pudo distinguirlo, porque mientras todo eso sucedía él ocupaba su mente en otras cosas. No estaba ahí, en el ahora, en lo que sentía su cuerpo, sino en los diversos caminos que se abrían frente a él. Mirando hacia delante descubría a su izquierda un camino pantanoso, en el que un perro duerme y mueve la oreja cada tanto, espantando alguna mosca, a puro reflejo. Hacia la misma dirección, pero a su derecha el camino estaba un poco más delimitado, evidentemente era el que usaban para ir y venir usualmente los viajeros, los trabajadores, los niños; el piso parecía más firme y unos ladrillos lo convertían en casi asfáltico. Al frente suyo, justo al frente, no había ningún camino visible, solo árboles y arbustos que se repartían desordenados por el terreno, detrás de ellos la noche comenzaba a caer: oscuridad, ruido de algún animal al que los ojos eran ciegos, alguna luz prendida apenas distinguible, quizás de una casa. Los minutos pasaban y en un acto impulsivo, atina a descalzarse y mojar sus pies en el agua turbia, primero sintió frío, luego un poco de asco, más tarde miedo. No era miedo a algún animal o insecto, ni miedo a lastimarse con alguna piedra filosa o botella rota, era un miedo que lo secuestraba por completo, que le generaba cosquillas en la panza y ardor en la mente, era un miedo que se enterraba en la arena junto a sus pies, un miedo que balbuceaba algo a su oído, de esos que te dicen ¡Corréee!, como en los sueños, pero vos no podes hacerlo.
La noche por fin llenó de sombras su cuerpo, la luna no aparecía y los grillos hacían un concierto escondidos entre las rocas, pensaba que fue una mala decisión combinar soledad con dudas. Se adentró en el río, un paso más para sentir la correntada a la altura de sus rodillas: el miedo se iba alejando con cada oleaje y su valentía lo empujo un paso más y otro más, el agua comenzaba a cubrirle el cuerpo, su pecho estaba totalmente atrapado en el río, intentaba hacer pie, realizar pequeños saltos que le permitieran escalar a la comodidad del oxigeno: es entonces cuando descubre el cuarto camino. El último camino se presentó deseable y calmo debajo de él, un paso adelante y varios debajo.
Hundió su cuerpo para siempre en el corazón del río, sintió como la mente le pedía que diera manotazos agarrándose de algo de alla afuera, que se sostenga de la rutina y de la seguridad de que el futuro existe, de la melancolía o del cansancio de un hogar apagado, la mente le pedía que libre una última batalla, pero a la vez sabía que no había nada con la fortaleza que le permitiera salir. Dejó de pelear, se enamoró de la sensación de su cuerpo convirtiéndose en alma, de sus ojos cerrados y su piel fría. Quizás ese camino sea el único que le permita empezar de nuevo, quizás cuando deje de anochecer también amanezcan nuevas pasiones

viernes, 18 de octubre de 2019

Eclipsado

La luna tiene un lado que nunca vemos. Mientras vemos la belleza de su lado iluminado, del otro la misma belleza descansa en el apagado silencio de lo desconocido: si no me ves, no existo. ¿hay un lado más bello que el otro? ¿Habrán jugado un piedra, papel o tijera para ver qué rol le tocaba a cada uno? Yo, en caso de ganar ese duelo, hubiera elegido el lado oscuro, probablemente Además, sólo hay lugar para que uno de los dos brille... en mi caso prefiero la oscuridad (porque cuando llega el luto, el color negro pasa más desapercibido)

Laberinto

 El acto es el de siempre, uno se prepara el mate y está todo bien hasta que le pones edulcorante y alguien te mira mal, porque tiene calle y automáticamente te convertis en careta, otro te dice guacho eso es re cancerígeno mientras le saca el último resto de humo a ese cigarro. No les das bola, le cebas uno y se lo das. Ellos siempre aceptan, fue. Charlás giladas, te haces el interesante, tiras alguna palabra difícil o un "una vez lei un libro que..." Y ahí mandas una frase a gusto, aunque no te acordás si realmente era un libro o una imagen en Facebook con la cara de John Lennon/Bob Marley/Pepe Mujica. Afuera llueve desde que me acuerdo, parece mentira pero estando adentro veo todo en escala de grises, se ve que el interior empatiza con el exterior y es una paja que así sea, porque cuando afuera hay un sol hermoso, de los de antes, por más que adentro todo gane más color, te querés matar por estar encerrado. Y después de todo sabes que no hay escapatoria de ningun lado, que por más que camines y camines y creas abrir puertas, los que te ven de arriba se cagan de risa como te encerras más y más en este laberinto. Lo piola es que mientras caminaba me encontré 50 pesos, me crucé unos pintas y nos tomamos un vino y hasta le canté el rabón con un rey cuando se armó el truquito ¿No estaba tan mal caminar no? Ya no me gasto en escapar, pateo y descanso, paso por los mismos lugares y a veces encuentro cosas diferentes, a veces lo que creo que es una tuca es el cadáver de un tabaco armado, horrible ¡Seguro que es de los que me la agitaban por el chuker! Afuera sigue lloviendo y acá dentro no recuerdo un día de sol.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Abrazo ahogado a un sinrostro

En el barro se sepultan sus tesoros, llegan a lo profundo del infierno mientras camina. Sabe que a su par se entierran también sus miedos, superados por la experiencia de tropiezos y valentías.
Pasa desapercibida en medio de manadas de pies que van para el norte y para el sur, se siente aturdida.
Los conductores se putean por inercia unos a otros, enfatizan su euforia con el ruido de las bocinas
¿Quién me mandó a meterme acá?
El pavimento sopla su calor, las veredas tienen el corazón ardiendo lava y los zapatos le aprietan. Está un poco perdida, no se anima a preguntarle a nadie hacia qué dirección se encuentra aquella diagonal y lamenta no haber cargado el celular antes de salir, consumió su batería en los 50 minutos que tuvo en el bondi, la mitad del tiempo parada y la mitad sentada. Se ríe al recordar que confundieron su abdomen con el de una embarazada y le cedieron el asiento, dudó un segundo en decirle que en realidad no lo estaba, pero desistió y tomo el lugar – un poco por las ganas de descansar las piernas y otro para evitarle la vergüenza al muchacho y a su buena intención-
La creencia popular, con valor casi científico, es que tanto un policía como un canillita te pueden orientar en las direcciones que buscás, ella se decidió por el canillita (no puede confiar en alguien a quien le pagan por ser honesto): busco Diagonal Tupamaro al 400.
- ¿Donde está el hogar infantil? Respondió en piloto automático el encargado del puesto de diarios y, sin esperar su respuesta, continuó: dale derecho por esta misma unas 4 cuadras…Mmm no a ver Liners, Mitre, Marcelo T de Alvear, Aramburu y después viene la diagonal Tupamaro. Son 5 cuadras, media cuadra a la derecha y lo vas a ver. Bah, es lo único que desentona con la zona.
Al llegar al lugar, acalorada por su apuro, da fe de lo que le dijo el canillita, el lugar parecía en sepia, era un contraste perfecto con los edificios vecinos, espejados y luminosos, por lo que lo identificó en un segundo. Al principio tuvo miedo, nervios, amagó el paso hacia atrás, en su cabeza se repitieron una y otra vez abrazos ahogados durante años, rostros que nunca vio, voces, juegos, canciones de cuna.
El primer paso fue acercarse al lugar, mucho tiempo buscó a su hermanito y el dato esta vez era certero, por eso viajó desde su provincia para alojarse en lo de una tía lejana, estaba tan cerca de reconocer su sangre en Mati, ese pibito del que la separaron cuando ella tenía apenas 9 años.
Suspira un paso hacia adelante, lento pero hacia adelante, sin convicción pero hacia adelante, luego el segundo; el tercero y cuarto fueron más rápido que los anteriores.
Golpea la puerta del hogar, luego encuentra el timbre y también lo toca. Espera en su vereda mientras se seca el sudor de las manos. Fueron unos pocos minutos pero en esos momentos el tiempo pasa lento –abrazos, rostros, voces, juegos, canciones, una y otra vez-, al fondo del pasillo se abre una puerta, de ella sale una silueta que luego toma forma de señora y se dirige hacia su dirección, llega al pórtico que la separa del lugar. La señora gira el picaporte y, sin soltarlo, abre la puerta en cuarto menguante, lo necesario como para permitirle asomar su cabeza sin permitir el ingreso de nadie.
¿Si? En que puedo ayudarla señorita, dice.
Hola, busco a Matias Ezequiel Fernandez, tiene 8 o 9 años, me dijeron que podía estar acá.
Matias, sí. Esta acá ¿Vos quien sos?
Soy la hermana, una de las hermanas, Soledad.
Si, Matias esta acá, repite. Está bien, pero no podes entrar...hoy es jueves y las visitas son los días miércoles- dijo, cerrando en ese mismo momento el pequeño espacio que en ese momento la conectaba con su hermano. El silencio absoluto le ganó al sentimiento de soledad que también sentía.
Hoy es jueves, se repetía, sin entender cómo una desconocida podía decidir cuándo ella podía ver a Matias.
Hoy es jueves y tiene que volver a lo de su tía, otra vez cabeza baja. Otra vez apilando abrazos ahogados, un rostro que sigue solo imaginando, una voz pronunciando su nombre, juegos que son excusas para que sus risas se conozcan, canciones de cuna que llegaron tarde.
Quizás las semana próxima le cueste un poco menos, ya conoce el camino y sus temores quedaron sepultados en el barro.