miércoles, 6 de junio de 2018


Por qué duele tanto, un dolor tan parecido al vacío, a la tristeza a cuenta, pero tan distinto a dolores pasados. Puede que sea por lo evitable, porque no había necesidad de que el bolsillo delantero de tu camisa estuviera siempre lleno, y que palparas para rescatar un pucho, el vigésimo del día a las 4 de la tarde, y que lo fumaras en 2x4, lento pero no tanto , tranquilo pero sin deterte.  O tal vez el motivo sea el paso del tiempo, porque todos sabíamos que íbamos a entrar en tiempo de descuento, tarde o temprano, y que mi espejo y el tuyo nos dicen lo mismo. Porque no es de egoísta, pero yo también veo el paso del tiempo en tu vejez, el paso de mi tiempo.
O quizás el dolor sea por lo innovador, porque por más que fuerce mi memoria, no logró recordar si alguna vez anterior a este momento habías pedido ayuda, sin contar cuando de chico me pedías que te tuviera la escalera de madera, que te rascara lugares inalcanzables de la espalda o cuando me pedías que juegue simple ("toca y anda a buscar") Es decir, lo más cercano a pedir que estuviste era más por mi que por vos.
Y pienso que tal vez todo esto te haya vuelto más humano aún, te animas a pedir y recibir, que te pregunten, que te acompañen. Exactamente el mismo lugar que siempre ocupaste vos.
Nunca entendí cómo hiciste para que no se te escapara tanto dolor por debajo de tu camisa mal abrochada. Tal vez por eso elegís combinarla con un joggin desgastado, para ir más cómodo con tus penas.
Cuerpo encorvado, pero nunca con cabeza gacha. Bigote ancho para disimular tanta risa. Risa que no mezquinaste ni cuando lo obvio hubiera sido el silencio, lo normal hubiera sido sentarse en la vereda y gritar al cielo o encoger el cuerpo en busca de unos brazos.

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