viernes, 13 de abril de 2018

Esta es una historia real, contada en primera persona, y que viene al caso en un contexto en el cual la sociedad busca un chivo expiatorio. Quizas les lleve cinco minutos leerla. La historia empieza hace 6 o 7 años, tal vez 10 y termina, casi sin darme cuenta, hace dos o tres años. El protagonista era Ramiro, un adolescente más, casaca de River, de vez en cuando alguna gorrita, por supuesto que negro y no más de 13 años. A Ramiro, es decir a mi, una vez, saliendo de jugar baby fútbol, lo para la policía y le pide su dni. En ese momento lo único que sabía era que el dni era aquello que mi vieja sacaba de algún cajón cuando me acompañaba al medico o eso que una vez por año tenía que presentar para que me ficharan en el club. Por primera vez me sentí peligroso. Y los demas, creo, se sintieron más seguros. La misma situación se dio muchas veces mas, pero ya lo había asumido como natural. Entonces a mis 13 o 14 años ya le saqué el polvo al documento y lo llevaba siempre conmigo, para demostrar que no era mal pibe, que mi apariencia de pibe chorro era sólo eso, una apariencia, un estereotipo construido por alguien y reproducido por todos.
El tiempo fue pasando, muchos se cruzaron de vereda, algún otro me acusó con el dedo por solo esperar a alguien en una esquina. Aprendí a convivir con eso y hasta terminé siendo yo el que se cruzaba de calle para no atemorizar a nadie.
Ya rozando los veinte, sin que me diera cuenta, la cosa cambió. Ya no me paraba la policía en la calle, y volviendo de la facultad o el trabajo la gente me veía más como un par que como un enemigo.
Hoy, ya con 23, me di cuenta que el problema no era que soy un negro, de barrio, que siempre le gustó tener la última camiseta del millo, sino que el problema era mi niñez y mi adolescencia. Es decir, no la adolescencia por sí sola. Sino en conjunto con las otras características. El enemigo que construyeron es ese, de barrio y adolescente. Negro y que viste deportivo. Yo en la calle no me sentía seguro pero agachaba la cabeza cuando me paraban para que los demás si lo sintieran (nunca fui egoísta).

Seguramente yo pude haber sido un pibito chorro, como tantos otros, pero mis viejos me dieron sueños y siempre recibí amor. Denle amor a la gente y sueños a los pibes y no van a hacer falta cárceles, por lo menos para los pobres (porque los ricos nunca van presos)

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