miércoles, 22 de enero de 2020

Muerte, el exilio de las palabras

Que cosa espantosa la muerte
Cuando no es la tuya
Apaga de repente los sueños
Y hasta el miedo que nos mantiene vivos

Espanta a los que quedamos
Viviendo la muerte de otros
Mientras un corazón ya no late
Y otros tantos se van quedando sin cuerda

Rodea de muerte al silencio
Y el silencio se te mete en los huesos
Las palabras convocan al exilio
Más por sentirse inútiles que por conviccion

Flota en el aire olor a poco
A secretos en la punta de la lengua
A maceta que espera ser regada
A truenos que ya no tienen su abrazo que complementa

Todo lo edificado tambalea
El porvenir se vuelve pantanoso
El tributo que rendimos a sus memorias
Es territorio hostil para los exigentes 

Mientras tanto el aire sigue yendo de sur a norte
Los guiños se turnan en los autos y en los bares
Los semáforos no pierden la puntualidad
Y las risas siguen llegando tarde

Transitar el clímax del ocaso se vuelve oscuro 
Intensidad que no soporta recreos
Ni coronas marchitas ni abrazo sin alma
La memoria se reconoce tormenta

Y truena
Y llueve
Y lava las lágrimas
Y queda la cara húmeda 

martes, 7 de enero de 2020

El cielo de Amaicha

Una vez vimos las estrellas de Amaicha, las vimos y quemaban en la retina y congelaban en las manos y eran frías y brillantes y hacíamos silencio para ver mejor, hasta que en un momento hablaste y yo cerré los ojos para escuchar, como ahora lo hago. Tu voz aparece y las estrellas se van, despacito, escapándose por los canales del recuerdo, aquella vez interrumpiste el silencio para decir que no querías envejecer. Entendí con eso, quizás erradamente, que te querías quedar para siempre en ese momento, conmigo, compartiéndolo callados y tal vez de la mano, compartiéndonos el cielo de Amaicha y sus estrellas, que quemaban en la retina y congelaban las manos, que se abrazaban entre ellas y las brasas eran yemas.
Cada vez que recuerdo pierdo la noción del tiempo, no distingo bien si fue ayer o hace mucho tiempo, a veces sospecho que ese día es mañana, por eso todavía te espero acá en Amaicha, regando unas plantas que no te gustan, porque no te gustan las plantas, pero yo te las quiero compartir, o haciendo un guiso en una cocina compartida, ya sin vergüenza porque ahora sé hacerlos sin ayuda, el guiso en un plato
se te enfría y a mí también, pero los dos platos descansan sobre el mantel que acabo de poner. A veces cansado de picar los culitos del pan, agarro un libro y me voy a tirar a la plaza, un poco leo y otro poco pienso, miro a mi alrededor a ver si distingo tu pelo largo o tu risa inconfundible, paso por la terminal que es una calle sin siquiera refugio. Te confieso que más de una vez hice trampa y, mientras la comida esperaba por nosotros y el vino no se descorchaba, me compraba un tamal o una empanada o los dos, para matar el hambre de estos meses esperándote y ni siquiera se porqué espero, porque vos no te quedaste anclada en este tiempo que no corre, vos encendiste tus alas y entendiste tu alma, volas y te conoces, te querés, pero lejos de acá. Los cóndores vuelan solos y vos sos un cóndor, aunque los diableros dicen que el hechizo no sea para siempre. Quizás un día sólo quieras volar en avión hacia cualquier lugar, y saques dos pasajes y me invites a volar con Vos, te juro que no voy a preguntar a dónde vamos y realmente no me interesa, así dure un día o sea sólo el espejismo de mis ojos mirando el cielo de Amaicha, pidiéndole un deseo a esa estrella fugaz que va y viene con ganas de concedermelo, aunque no sea más que en mi mente