
Mis ojos, antes de cerrarse, se desviaron hacia la ventana y yo esperaba ver el paisaje de una noche oscura, poder ver el silencio de las estrellas y poder ver al sol besando a la luna. Pero no fueron más que las expectativas de un iluso como yo.
No pude ver nada más que a un hombre, empapado en sombras, inundado en años que lo ahogan.
Un hombre que habita en el ojo cínico del Dios egoísta que espera el momento indicado para llevárselo con él.
Mis ojos no podían ignorar el espejismo de aquel ángel, que tenía sus alas opacadas por su tristeza.
Y a medida que el libro que leía se consumía en su retina, las lágrimas caían, tal vez recordando que el tiempo se burla de sus sueños.
Y él seguía leyendo. Sentado en la sala de espera por un lugar en el nuevo mundo, donde la paz es total, aunque le duela.
Una leve brisa corría aquella noche, un perro se le acerca, el anciano lo acaricia sin desviar su lectura y el perro se despide. No se despidió porque sí. (Hay algo que se llama instinto animal).
Al anciano ya no le importaba nada más que él y SU historia. (Mis ojos no mienten)
Soy un espectador de lujo de su vida, resumida en algunos minutos.
El libro ya acaba, la brisa corre devuelta, pero esta vez no llegó a tocarlo, ni el perro a despedirse de su ángel y Dios se lo llevó al viejo al siempre deseado y temido Cielo.
El viejo no pudo conocer el final de la historia que lo entretuvo en su agonía.
Y yo tuve la dicha de conocer el final de SU historia, esa historia que nos toca vivir y leer. La historia de la que somos nosotros nuestros autores y protagonistas.
Esa historia llamada VIDA, para el anciano se acabó.
Y desde hoy, mis ojos al mirar en la ventana solo ven el silencio de las estrellas y el sol besando a la luna.
Y no lo que ahora quiero ver, un hombre leyendo un libro, en la espera de su muerte.