Está anocheciendo, fue un día igual a los demás, pero la noche lo aguarda misteriosa. Por ahora, el cielo se empaña rojizo y él lo contemplaba preciso pero distante, atento pero pensativo, inmutable pero ansioso. A sus pies yace un río que supo tener temporadas peores, que apenas traían agua y unas cuantas ramas muertas, de las últimas crecidas. Al viento o brisa no pudo distinguirlo, porque mientras todo eso sucedía él ocupaba su mente en otras cosas. No estaba ahí, en el ahora, en lo que sentía su cuerpo, sino en los diversos caminos que se abrían frente a él.
Mirando hacia delante descubría a su izquierda un camino pantanoso, en el que un perro duerme y mueve la oreja cada tanto, espantando alguna mosca, a puro reflejo. Hacia la misma dirección, pero a su derecha el camino estaba un poco más delimitado, evidentemente era el que usaban para ir y venir usualmente los viajeros, los trabajadores, los niños; el piso parecía más firme y unos ladrillos lo convertían en casi asfáltico. Al frente suyo, justo al frente, no había ningún camino visible, solo árboles y arbustos que se repartían desordenados por el terreno, detrás de ellos la noche comenzaba a caer: oscuridad, ruido de algún animal al que los ojos eran ciegos, alguna luz prendida apenas distinguible, quizás de una casa.
Los minutos pasaban y en un acto impulsivo, atina a descalzarse y mojar sus pies en el agua turbia, primero sintió frío, luego un poco de asco, más tarde miedo.
No era miedo a algún animal o insecto, ni miedo a lastimarse con alguna piedra filosa o botella rota, era un miedo que lo secuestraba por completo, que le generaba cosquillas en la panza y ardor en la mente, era un miedo que se enterraba en la arena junto a sus pies, un miedo que balbuceaba algo a su oído, de esos que te dicen ¡Corréee!, como en los sueños, pero vos no podes hacerlo.
La noche por fin llenó de sombras su cuerpo, la luna no aparecía y los grillos hacían un concierto escondidos entre las rocas, pensaba que fue una mala decisión combinar soledad con dudas.
Se adentró en el río, un paso más para sentir la correntada a la altura de sus rodillas: el miedo se iba alejando con cada oleaje y su valentía lo empujo un paso más y otro más, el agua comenzaba a cubrirle el cuerpo, su pecho estaba totalmente atrapado en el río, intentaba hacer pie, realizar pequeños saltos que le permitieran escalar a la comodidad del oxigeno: es entonces cuando descubre el cuarto camino. El último camino se presentó deseable y calmo debajo de él, un paso adelante y varios debajo.
Hundió su cuerpo para siempre en el corazón del río, sintió como la mente le pedía que diera manotazos agarrándose de algo de alla afuera, que se sostenga de la rutina y de la seguridad de que el futuro existe, de la melancolía o del cansancio de un hogar apagado, la mente le pedía que libre una última batalla, pero a la vez sabía que no había nada con la fortaleza que le permitiera salir. Dejó de pelear, se enamoró de la sensación de su cuerpo convirtiéndose en alma, de sus ojos cerrados y su piel fría. Quizás ese camino sea el único que le permita empezar de nuevo, quizás cuando deje de anochecer también amanezcan nuevas pasiones
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