{{ La crónica de mi pasión, que lagrimeó con la crónica de alguien más }}
He leído tanto estos días... Antes y después de la noche del sábado 12 de abril que marcó un hito en la historia de la música en Argentina y de toda Latinoamérica. Y fue entre tanta crónica, tanto análisis, tanta historia, tanta repercusión mediática, que mi viejo me mandó esta nota esta mañana y compartirla es mi humilde forma de contarles lo que todos ustedes seguramente saben de mi, y es que tal vez esta noche siento que es momento de expresar qué creo alrededor de todo esto. "Esto" es lo que traza mi vida de un modo tal, como nunca jamás creí que alguna cosa sería capaz de marcarme.
Los Redondos eran, principalmente, eso. Le cantaban a los pibes marginales, a los desahuciados, a los que vendían curitas en el tren, a los que limpiaban los vidrios en las esquinas. Cuando arrancaron, allá en pleno proceso militar, escondidos bajo disfraces en algún suburbio de La Plata, tocaban para hacerle frente al miedo. El Indio hablaba en italiano, repetía frases que parecían no tener coherencia alguna, mientras Skay bailaba con un turbante en la cabeza. Otro amigo que era cocinero repartía buñuelitos rellenos de ricota para acompañar la birra de los pocos presentes. Le cantaban a los milicos, pero los milicos no entendían. Prohibieron "Criminal mambo" un tiempo después, aunque seguramente no comprendían qué carajo querían decir Los Redondos cuando repetían el nombre de la canción durante tres minutos seguidos, y nada más -ni nada menos-.
Después la cosa se puso oscura. Puede que a los milicos se les escapara un poco del lente la movida redondita en los antros de la capital de Buenos Aires, pero tampoco eran boludos ni iban a permitir algo así por mucho tiempo más. Así que los amigos se tomaron un tiempo, se fueron de viaje, se refugiaron en el interior. Volvieron para cantarle a la democracia. A las juventudes que renacían, a los cambios que venían llegando. También le cantaron y bailaron a las sombras de ese pasado tan cercano, cantaron lo que pasó, lo que desde los suburbios se vivió. Ahí fue además empezaban a cantarle a las transformaciones de un mundo que parecía dejar viejas estructuras atrás para adaptarse a una nueva era. Ahí fue cuando se los empezó a escuchar.
Y cuando llegó el neoliberalismo, y con ello la etapa más sólida de Los Redondos, la banda se volvió convocante porque fue bandera de muchos pibes que se estaban quedando afuera, otra vez. Porque cuando muchos brindaban con champagne y viajaban a Miami cada dos meses, había tantos otros que seguían estando en la absoluta miseria, que seguían siendo discriminados, estigmatizados, criminalizados por su sola condición de pobreza. Y ahí, una canción de Los Redo decía todo lo que esas voces no podían decir (Y así las cosas, ¿la fiera mas fiera donde está?). Y cuando hubo hambre y algún pibe corrió después de afanar una panadería, y lo detuvieron y estuvo 3 años preso, una canción de Los Redondos le daba fuerzas para seguir, para no llenarse de odio y rencor, sino para tratar de entender lo inentendible para sus ojos, a partir de saber que no estaba solo.
Entonces esta banda, a esa parte del país que no gozaba del uno a uno, ni de la visita de los Rolling Stones, les dió un sentido. Los convocó y ellos asistieron. Y bailaron. Y se rieron. Y disfrutaron, sabiendo que era solo por ese par de horas donde se sentían parte. Y el Estado utilizaba todas sus fuerzas represivas contra ellos a la salida y a la entrada de los recitales: los golpeaban, los perseguían, los maldecían. Una y otra vez. La televisión reproducía que eso era lo que pasaba: "VIOLENCIA EN SHOW DE LOS REDONDITOS: 10 HERIDOS", sin contarte todo el escenario, sin explicarte que esos 10 heridos eran pibes de 15 años pobres y marginales a los que la policía había re cagado a palo, solo porque habían ido a ver un recital de rock sin entrada, porque la banda que llenaba sus vidas de alegría les dejaba abiertas las puertas. La señora en casa pensaba: "¡QUE BARBARIDAD, ESTOS NEGROS VIOLENTOS, SE MATAN ENTRE SI, QUE BARBARIDAD ESTA MÚSICA!"
Y así siguió la historia. Hasta que mataron a Walter. Porque sí, viejo, a Walter Bulacio lo mató la puta Policía Federal Argentina. Lo mató el Estado, porque lo dejó nacer en la pobreza, lo discriminó, lo estigmatizó y cuando el pibe se fue al show de Los Redonditos que tanto le gustaban, la Policía lo persiguió, lo torturó y lo mató a golpes. Y Walter tenía 17 años. ¡17! Y no tenía un mango, juntaba cartones para pagar el morfi de todos los días para su familia, mientras al resto de los argentinos le chupaba un huevo que él tuviera esa vida. Y cuando se fue a ver a Los Redo con sus amigos, y nunca más volvió, a nadie tampoco le importó. Mirá hoy, como 13 años después, los asesinos siguen en libertad y con total impunidad caminan las mismas calles que vos, que yo, que la abuela de Walter.
Los Redondos lo llevaron como estandarte hasta el fin. Lo recordaron cada noche, le escribieron y dedicaron la más bella canción del rock nacional. Lo lloraron cada noche que la banda convocó y miles de Walter se juntaron a disfrutar. Prendieron bengalas y en silencio, toda esa enorme multitud negra, violenta y marginal, lo recordó. Cada noche. Cada show. Durante los siguientes 10 años. Pero nada cambiaba afuera de los estadios, la yuta seguía esperando para golpearlos y humillarlos. Y la televisión seguía reproduciendo el mismo discurso para el asco, el rencor y el miedo de la señora Rosa - que representaba a la mayor parte de la sociedad argentina en ese entonces -, y para la constante criminalización de la banda y sus seguidores.
En el 2001 todo eso se terminó. Fue mucha la presión mediática y la presión social desde que se anunciaba un nuevo show hasta que éste terminaba y, si sumamos eso a un desgaste en los vínculos de los integrantes, da como resultado el fin de la banda más convocante de la historia de la música argentina (vale aclarar, a su vez, que se trató de una banda independiente).
Han pasado muchos años. Yo no soy una marginal, estoy lejos de haber vivido la vida de los pibes que seguían a Los Redondos en los '90, cuando yo era apenas una beba. Esta pasión llegó a mi de un modo increíble, que debo agradecer a mis padres principalmente, que sin quererlo me llevaron a ella. No fue solo una canción lo que me emocionó en mis 17 años. Fue no haber entendido un carajo la primera vez que leí una letra de Los Redondos, fue haber buscado su historia, ahondando en documentales, en viejas investigaciones. Fue haber entendido de qué se trataba, cuándo se trató, qué significó. Que el sentido de la banda fue haberles dado sentido a quienes no tenían nada. Nada.
Los tiempos han cambiado. Hoy ciertas razones hace rato que dividieron los caminos de los protagonistas de nuestra banda, y cada cual siguió el suyo de forma distinta y especial. Ya nada pareciera ser lo mismo, y con el correr de los años desde que Los Redondos se separaron, aparece la sensación de una cierta perdida. Una tristeza que aparece, de pronto, como un interrogante. Pero después del increíble show que nos regaló este pelado de 65 pirulos el pasado sábado, y que me devolvió a casa embarrada hasta la médula y repleta de emociones mezcladas, me encuentro con esta crónica que trajo a mi la esencia de Los Redondos. Que me hizo volver a creer en que hay un sentido que sigue intacto. Que siguen yendo a disfrutar de estos shows aquellos pibes que alguna vez no tuvieron nada más que esto, pero que hoy ya un poco más grandes y con, quizás más oportunidades, hoy llevan a sus hijos a vivir la ceremonia.
Pero que también, además de los "nenes bien", de los jóvenes fachos, de los que tienen mucho bla bla sobre el rock pero poco corazón; que además de los falsos hippies burgueses que fuman faso y piensan que de eso se trata, y de todos los que van "a ver cómo es una misa" como si fuéramos un zoológico o un museo; que además de todos ellos, que lamentablemente cada vez son más, siguen Los Redondos - hoy en las letras del Indio y Skay en sus carreras solistas - llegando a aquellos que le brindan el por qué a todo este sentimiento, y que devuelven la esencia a esta parte de la historia.
Porque lejos de que estos chicos con los que se cruzó el periodista Juan Ciucci, estén haciendo una locura, o se encuentren completamente ciegos por su fanatismo, vienen porque entendieron, mejor que muchísimos de nosotros, que la misa es por ellos, es de ellos. Tal como lo fue siempre. Y aunque esa misma televisión que siempre se encargó de demonizarlos, hoy les de magnitud con palabras de admiración, y aunque hoy la Policía solo los mire de lejos cuando entran al show cantando a los gritos, y aún aunque posiblemente no haya otro Walter Bulacio asesinado en las inmediaciones de un recital de rock, hay quienes no olvidamos que los Redonditos de Ricota les cantaban y les cantan a ustedes. Y las misas, todas y cada una desde el principio de este viaje, y todavía aún cuando nos dejan a todos los demás formar parte, siguen encontrando su sentido y persistiendo en el tiempo, por ustedes.
Lean esta crónica. Esto, y nada más ni nada menos que esto, es Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
http://www.agenciapacourondo.com.ar/secciones/cultura/14288-yo-voy-en-trenes.html
Mariana Muñiz
Lic. en Comunicacion Social
Texto extraído de http://www.facebook.com/subtitulada
Créditos para Mariana Muñiz, autora.
Me siento identificado a más no poder.
Todavía le siguen cantando a esta sociedad, a esta "Ciudad Baigon"
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